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HOY OS PRESENTAMOS…

 

MEDITACIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA

de

ALFREDO MARCOS y MOISÉS PÉREZ MARCOS

Una obra, fruto de su reflexión y experiencia. Alfredo F. Marcos como catedrático en la Universidad de Valladolid, y Moisés Pérez, como profesor de Filosofía del lenguaje, Antropología filosófica y Ciencia y religión en la Facultad de Teología de Valencia y Maestro de Estudiantes de la Orden de Predicadores. Con este último, vamos a conversar sobre Meditación de la naturaleza humana.

Moisés, en primer lugar, gracias por vuestra obra. Con un lenguaje asequible nos habéis acercado a la reflexión sobre el ser humano, una reflexión sistemática donde partiendo del concepto “naturaleza”, vais tejiendo toda una trama compleja e interesante a la vez. El ser humano, que no puede entenderse sin su condición animal, no puede quedar encerrado en ella, pues en el ser humano, social y espiritual se diferencia de lo animal «de un modo propio e irreductible», pero es necesario el diálogo con las ciencias naturales y otros muchos saberes científicos y no científicos. Mi pregunta es: ¿A qué ciencia le darías en estos momentos de la historia un lugar privilegiado en este diálogo?

En casi todas las disciplinas, científicas o no, podemos encontrar conocimientos valiosísimos sobre el ser humano: desde la medicina hasta la poesía, pasando por la antropología o la teología, nos informan, de modo directo o indirecto, sobre qué es el hombre. No obstante, hay dos ciencias que aparecen resaltadas de modo especial en el debate contemporáneo: la biología y la neurología. La biología, porque la teoría de la evolución ha tenido una gran influencia en nuestro modo de comprender el origen del ser humano y su relación con otros animales. Y la neurología, porque está planteando un sinfín de cuestiones sobre algunas de las características que tradicionalmente se han atribuido de modo exclusivo a la humanidad: el lenguaje, el libre albedrío, la moral, etc.

Decís en vuestro libro que Jonas, «diseña una ética de la responsabilidad para una era tecnológica. A mayor capacidad de intervención, mayor responsabilidad». La vida humana, viene caracterizada por la posibilidad de atribuirse deberes. Es cierto que vivimos en una era tecnológica, donde estamos acostumbrados a acceder a todo lo que deseamos con un solo “click”, es la era de la inmediatez. ¿Crees que en estas condiciones, los seres humanos, estamos capacitados para “atribuirnos deberes”, que parece algo más a largo plazo?

En efecto, la atribución de deberes es algo esencial a la vida propiamente humana. En eso que llamas “era tecnológica” la cuestión de los deberes no desaparece… más bien se incrementa o al menos surge con una exigencia nueva. El ser humano siempre fue tecnológico, pero ahora nuestros desarrollos técnicos tienen un poder sobre la naturaleza y sobre nosotros mismos nunca antes visto. La tecnología actual, pienso en las redes sociales o en WhatsApp, están cambiando nuestros modos de relacionarnos y concebir la comunicación. Ya no se habla de tecnologías que utilizamos en nuestra vida, sino de todo un nuevo continente, el digital, en el que vivimos, que habitamos. Pero al grano. Esta situación no solamente no hace que podamos prescindir de la atribución de deberes, sino que, en este contexto, tenemos más necesidad y urgencia de abordar la cuestión del deber. Precisamente por el gran poder transformador de nuestra tecnología la cuestión moral se nos impone. No podemos ser ingenuos a este respecto, y tenemos que reflexionar y decidir, no en contra de la tecnología o las redes sociales (haciendo muestra de una especie de furor neoludita), sino sometiendo los desarrollos tecnológicos y su uso al bien de la humanidad. El propósito de la tecnología debe ser conducirnos a mayores cotas de humanidad, no a menos.

También he podido leer en vuestro libro, que “el ser humano no solo es un animal sino que además, siguiendo la filosofía de Aristóteles, diremos que es un ser social y racional o espiritual”. ¿Es posible una verdad espiritual en una naturaleza animal?

Sí, claro. En el libro defendemos que el ser humano es inconcebible prescindiendo de su naturaleza animal. Las concepciones que olvidan esto son sumamente parciales e insatisfactorias. Los existencialistas pensaban, por ejemplo, que el ser humano es solo libertad, pura autodeterminación. La concepción opuesta, la naturalista, la de quienes creen que el ser humano es solo un animal más, pura naturaleza (y que por lo tanto no es libre), tampoco hace justicia a lo que es el ser humano. Para nosotros el ser humano es una especie de anfibio entre la naturaleza y la libertad, entre lo animal y lo espiritual. Nada espiritual acontece en el ser humano sin su base orgánica y animal. Y nada de lo orgánico tiene sentido para el hombre si no es a la luz de lo espiritual. Son como dos polos sin los cuales no podemos comprender adecuadamente lo que somos. No solo no se excluyen, sino que se necesitan mutuamente.

Soy consciente, por experiencia propia, que somos vulnerables. Esta vulnerabilidad, en vuestro libro, decís que «debe ser reconocida como parte de la naturaleza humana». Me surge una doble pregunta: ¿cómo explicar el dolor, la enfermedad, cómo encajar el que lleguemos incluso a ser dependientes, no sólo en nuestra senectud, sino también en la infancia-juventud? ¿No resta esta situación parte de esa dignidad de personas que proclamamos los cristianos?

Los transhumanistas creen que la vulnerabilidad es un defecto de nuestra naturaleza, y quieren erradicarla mediante la intervención técnica sobre el ser humano. Y hay quienes caracterizan al ser humano fundamentalmente por su autonomía, y entonces devalúan el carácter humano de los dependientes (niños, enfermos, ancianos…). Nosotros defendemos que tanto la vulnerabilidad como la dependencia son características esenciales a lo que somos como humanos. Somos vulnerables, en primer lugar, porque somos animales, y todo ser vivo es vulnerable. Y somos dependientes porque somos sociales, y para llegar a cierta plenitud humana necesitamos siempre, durante toda nuestra vida, de un modo u otro, de los demás. La filosofía moderna nos enseñó las virtudes de la autonomía, pero necesitamos también aprender las virtudes de la dependencia. Nuestra felicidad depende de ello.

Naturalmente, la vulnerabilidad debe ser mitigada. Porque somos vulnerables tenemos que cuidarnos, y tenemos que cuidar unos de otros. Hay que mitigar el sufrimiento en la medida de lo posible, pero ¿qué diríamos de alguien que es incapaz de sufrir? ¿Sería deseable que la humanidad dejase de poder sufrir? Otro tanto con la dependencia: debe ser compaginada con un justo y legítimo desarrollo de la autonomía. Podemos “mantener a raya” la dependencia para que nos permita ser también autónomos. Pero un ser humano absolutamente autónomo, totalmente independiente de los demás, es sencillamente impensable (ya no digo deseable).

Ser vulnerables y a la vez cuidarnos, ser autónomos y también dependientes… esto es lo típicamente humano. Y creo que también lo típicamente cristiano. Y si no fijémonos en Jesucristo: intentó paliar su vulnerabilidad y la de los otros en la medida de lo posible, pero asumió hasta el fondo esa vulnerabilidad típicamente humana llegado el momento (lo cual se manifiesta de modo admirable en la cruz). Vivió con una libertad asombrosa, autónomamente, pero al mismo tiempo no buscando otra cosa sino hacer la voluntad del Padre. No en todas las formas de pensamiento libertad y obediencia se oponen. Ser vulnerables y dependientes no resta nada a nuestra humanidad: al contrario, sin ellas no seríamos humanos.

La felicidad  (eudaimonia), que al fin y al cabo, es lo que todos deseamos, decía Aristóteles, «es una actividad de acuerdo con la virtud», hija de la razón y de la voluntad, de la libertad. ¿Cómo podemos hablar de libertad en situación de dependencia?

Como acabo de decir, no en todas las formas de pensamiento libertad y dependencia se oponen. Nosotros, los seres humanos, no podríamos ser libres si no fuésemos dependientes. La libertad, la conquista de la legítima autonomía, es una capacidad humana que solo se desarrolla en el seno de un grupo humano del cual dependemos. Esto es lo que queremos decir con que somos un animal social: sin una sociedad, sin los otros, no podemos desarrollarnos plenamente como humanos. Y tampoco podemos ser libres. Pensar que deshaciéndonos de la necesidad que tenemos de los otros seremos más libres es dejar sin fundamento y sin posibilidad de desarrollo a la propia libertad. Es algo así como lo que ocurre en el ejemplo kantiano de la paloma: la paloma cree que sin el viento que se le opone su vuelo sería mejor, pero ignora que es gracias a la resistencia del viento que puede volar. Lo mismo ocurre con el binomio dependencia-autonomía: una vida propiamente humana necesita de ambas, pues sin dependencia no seríamos sociales, y por tanto tampoco plenamente humanos, y sin autonomía no seríamos libres, y por tanto nuestro desarrollo estaría lastrado.

Otros dos temas que podemos ver en Meditación de la naturaleza humana y que considero importantes en la actualidad, son el hogar-familia y la educación. En primer lugar, habláis de “casas encendidas” y la diferenciáis de los conceptos “casa” y “hogar”.  ¿Nos puedes explicar un poco más este concepto?

La casa encendida es un hermoso libro del poeta Luis Rosales, en el que nos hemos inspirado para elaborar un concepto de hogar en el que se incluya todo aquello que el ser humano necesita para crecer y desarrollarse adecuadamente. Por resumir mucho, un hogar, cuando cumple estas condiciones, es una casa encendida. La conexión del tema de la naturaleza humana con el del hogar es fácil de comprender. El hogar está en función de una determinada naturaleza humana, fomenta su desarrollo óptimo, cuida que dicha naturaleza se desarrolle hacia la plenitud de lo humano. Por eso no podemos pensar el hogar, y tampoco la familia, sin abordar la cuestión de la naturaleza humana, con la que está íntimamente relacionada.

En un sentido propio es hogar el familiar, pero analógicamente podemos denominar hogar a la Tierra (el papa Francisco nos ha hablado de cómo es “casa común”), al Universo entero e incluso a otras personas. Y es que, en un sentido análogo, ¿no somos hogar unos de otros? Nuestro primer hogar es el seno de nuestra madre. Luis Rosales lo dice bellamente: “madre, mientras recuerdo / que hemos vivido el mismo corazón durante largos meses, / y que yo he vivido de ti misma durante nueve meses”. Y no solo durante la gestación la madre es nuestro hogar, sino después, a lo largo de la vida. Sigue Rosales: “Y puede ser que estemos todavía unos dentro de otros / y puede ser que habitemos aquella casa de la infancia […] y aquella casa estaba viva siempre […] con aquella alegría de madre con ventanas […] que sus manos han sido las paredes de la primera casa que tuvimos”. Esta idea de que una persona puede ser nuestra casa tiene, además, una clara proyección teológica: los cristianos hablamos de la casa del Padre, y también cantamos aquello de “nuestro hogar son tus manos Oh Padre, y tu amor nuestro nido será”.

La importancia de la familia en la educación de los más jóvenes, es un tema que repetimos en innumerables ocasiones, al igual que decimos que «la educación ha perdido el norte». La importancia de la educación en actitudes, en valores, es algo que hemos de valorar y potenciar, pero, en esta querida España, asistimos a continuos cambios en educación, fruto, generalmente, del antojo los distintos gobiernos. Desde tu propia visión como estudiante, profesor y maestro de estudiantes, ¿no crees que sería mejor para todos, llegar a un consenso en políticas educativas, generar un modelo estándar válido a largo plazo?

Bueno, no soy ningún especialista en esta cuestión, pero parece obvia la necesidad de cierto consenso social a la hora de elaborar las leyes educativas. Lo que sí creo, y eso es lo que defendemos en el libro, es que el debate sobre la educación no puede hacerse eludiendo la cuestión sobre el ser humano y su naturaleza. Dependiendo lo que creamos sobre el ser humano, si tiene o no una naturaleza, y cuál es esa naturaleza, pensaremos de un modo u otro nuestro sistema educativo. Nosotros creemos que en la tradición aristotélica hay elementos valiosos que enriquecen el debate actual sobre la educación. En esta tradición que nace en Aristóteles y que se puede rastrear en otros autores contemporáneos como Aubenque, MacIntyre, Jonas o Sen, hay indicaciones sobre los fines y los medios de la educación sumamente valiosas.

Y para terminar… ¿Qué cita del libro nos dejas para reflexionar, para que repensemos lo humano?

Antes dije que el seno de nuestra madre es nuestro primer hogar. En cierto modo ahí empieza todo. Yo creo que la vida del mundo futuro comenzará, también, por el reencuentro con nuestra madre. Hace poco murió la madre de un amigo mío, Sixto. En homenaje a ella, y a mi propia madre –¡Dios me la conserve muchos años!– os dejo aquí un poema de Vladimir Holan que citamos en el libro, y que hace pensar no solo en lo que es un hogar propiamente humano, sino en lo que será ese hogar definitivo al que estamos llamados. Se titula “Resurrección” y dice así:

¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección,
la de todos los difuntos,
la anunciará el simple canto de un gallo…

Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento…
La primera en levantarse
será mamá… La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo de café.
Estaremos de nuevo en casa.